Pequeña huída
Imagen generada vía Copilot
Y allá fueron. Emprendieron la huida, ¿a dónde? Ni ellos mismos lo tenían claro. Sólo cogieron unos bártulos y sin pensarlo dos veces, se pusieron el mundo por montera y se cebaron camino «alante».
Hacer el petate fue sencillo, sólo cogieron lo que tenían más a mano. El afán de aventuras les dio alas. La ruta no importaba. El avituallamiento, tampoco. Lo único importante era calmar su sed de aventuras y aquella oportunidad brindó una oportunidad única.
No importaban las dificultades, las superarían juntos; los impedimentos, los saltarían; los límites, los superarían; los obstáculos, pasarían sobre ellos.
Todos los obstáculos serían vencidos. Hasta que encontraron uno con el que no habían contado. Oyeron la llave que se adentraba en la cerradura de la gran puerta y una fuerza inconmensurable, superior, arrolladora, la abrió y entró.
Cruzó la gran puerta observándolos. Complacida de encontrarlos frente a frente, una sonrisa cruzó su rostro y agarró a uno de los fugados que, mansamente, se dejó llevar. No tenía otra opción. A los pocos segundos el otro prófugo fue también capturado y cargado junto a su compañero de fuga.
Con ambos en su poder, los besó. Besó al padre que se había dormido en el sofá, despertándolo, y los dejó con sus juguetes.
Allí acabó la pequeña aventura. Pero no importa. De vuelta a la alfombra de juegos emprenderían una nueva. Y una aún mejor.
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