APRENDIENDO A ESCRIBIR

Ah, la playa

Imagen generada vía Vibe

Ah, la playa
Ah, la playa Juan A. Sánchez

Más pueden dos tetas que dos carretas. Qué gran verdad es esa.

No sé cómo me dejé convencer. Bueno, sí que lo sé, para qué engañarme, lo dije al principio.

Años a que me había librado del penoso deber social veraniego de tener que ir a la playa para ahora, como un imbécil, coger la sombrilla, la mesita plegable, las toallas, las tumbonas…, ponerme el bañador —que pasé horas buscando, casi tengo que comprar uno nuevo— , embadurnarme de una crema apestosa para no quemarme… Y todo porque me he echado novia y me ha convencido, o más bien me he dejado convencer, de ir a pasar el domingo a la playa. Ha bastado con que me lo pidiera enseñándome como le quedaba el bikini nuevo que se acababa de comprar para que le dijera que «claro», sin rechistar.

Los tíos somos gilipollas.

Así que allá que fuimos. Llegamos, aparcamos el coche donde San Agapito perdió el mechero y fuimos cargados con todos los avíos playeros —cargados es una exageración, cargar, lo que se dice cargar, cargaba yo solo— en busca de un hueco en la línea litoral donde asentar la sombrilla. Bueno. En honor a la verdad, ella iba guiando buscando un lugar «ideal» donde ponernos, lo que a juzgar por las vueltas que dimos, debía ser más complicado que encontrar hueco donde plantar una bandera en la cima del Everest.

Una vez encontrado el lugar, planté triunfante la sombrilla cual soldado de Iwo Jima y nos asentamos entre nuestros vecinos de tórrida jornada, unos guiris que habían olvidado incluir sus buenos modales en el equipaje y un grupo de familias ocultas bajo un racimo de sombrillas formadas en testudo cual legiones del césar y de los que apuesto que antes de venir habían pasado por notario para certificar la propiedad de la arenosa parcelita.

Una vez asentados, comprobado que el lugar ideal no incluía entre sus parámetros una ubicación estratégica de proximidad al chiringuito y puestos a tostarnos al inclemente sol, cogí un libro que metí «de extranjis» en la bolsa tratando de pasar lo mejor posible la jornada playera. Pero justo en ese ese momento, un nutrido grupo de infantes quiso emular la final de «Champions» en nuestras proximidades y mis planes se vieron afectados. Ni idea de cómo consiguieron espacio suficiente, aunque sospecho que la nube de arena que les rodeaba y con la que no obsequiaban a los forzados espectadores del encuentro, algo tuvo algo que ver.

Pasado el balompédico momento, llegó el (para mí) temido trance de ponernos en remojo. Ella insistió. Bueno, no mucho. Bastó con que me mirara melosa y sonriente como ustedes imaginan, me cogiera de la mano y antes que me diera cuenta, estaba metido en la inmensa cloaca en que hemos convertido al océano. Si no bastaran los cadáveres en descomposición dejados a remojo desde que el mundo es mundo y la variedad de fluidos que desde hace milenios deja la fauna marina, llegamos los bípedos de tierra firme creyéndonos que aquello es un vertedero inabarcable en el que chapotear a gusto llegada la canícula.

Me pregunto en qué momento del proceso evolutivo perdimos el rabito rizado.

En fin, que llegamos y nos pusimos a salpicarnos cual patitos recién salidos del cascarón en el gélido elemento ante el que mis partes pudendas —por puro instinto de supervivencia— optan por jugar al escondite a pesar de los infructuosos intentos de mi novia por ofrecerles un lugar más acogedor y cálido donde ocultarse. Tentador. Pero saberme objeto de todas y cada una de las miradas en derredor tampoco ayudaba en demasía a mi pobre libido.

Regresamos a nuestro campamento base entre las miradas socarronas de la cotilla concurrencia que calmaron los ánimos hasta entonces exultantes de mi pareja y nos preparamos para comer los bocadillos que llevamos, no sin antes rehacer parte de nuestro asentamiento que había sufrido los desmanes de la turba futbolera, comer lo que se había salvado de la debacle, a beber cervecita no tan fresca y «pillar sol», por lo que rescaté mi libro de su sepultura arenosa y retomé —o intenté retomar— mi lectura.

No había empezado a meterme en la trama, cuando a ella se le ocurrió comentarme las incidencias de su última reunión de «amiguis» y a pedirme mi docta opinión acerca de los comentarios, actitudes y apariencia de las restantes asistentes al evento —al que, gracias a Dios, no estaba permitida mi asistencia— insistiendo en que diera mi parecer, suponiendo ella que con el escueto relato que me hacía de los acontecimientos podía hacer un análisis certero. Resignado, dejé mi libro en la bolsa y empecé a contestar «claro», «sí» o «normal» al azar, hasta que terminó el improvisado examen en Sociología al que me sometió durante algo más de 45 minutos, a juzgar por lo que duró la segunda parte del partido que, para horror mío, la chiquillada del lugar había retomado.

Cuando empezaba a declinar la tarde y el sol empezaba a aproximarse al horizonte, la mayor parte de la concurrencia se había marchado y pensaba en disfrutar de la que imaginaba una romántica puesta de sol junto a la mujer que amo; ella juzgó que era muy tarde para volver a casa, que debíamos darnos prisa en recoger y llevar las cosas al (lejano) coche. Cosa que hice sin rechistar.

Al llegar a casa, de noche, tras un par de horas de atasco, retirar la arena que aún quedaba en nuestros bártulos, volverlos a poner en el trastero, limpiarnos la arena y el salitre que nuestras epidermis habían retenido y comer algo; mi novia me besó en la mejilla, me dijo que se lo había pasado muy bien, que teníamos que repetir otro día. Después me pidió que esperara un momento, que me tenía que enseñar el vestidito que se había comprado para el siguiente día. Me quedé a la espera ojeando mi libro y preguntándome que nueva imbecilidad haré mañana.

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Juan A. Sánchez

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